sábado, 24 de marzo de 2018

Me encuentro al quebrantahuesos y le doy dos besos

Esta semana me ha tocado inspeccionar unos cuantos sitios de esos que, aunque te caen bien y te resultan agradables en el trato, no dejan de ser guarretes. Son de esos que siempre están al borde del acta para sanción y que de vez en cuando se llevan el disgusto... pero, aunque sabes que en el fondo se están cagando en tu madre, se muerden la lengua y a lo sumo te dicen "me has pillado" y cuando les llega la multa te reciben con mala cara a la vez siguiente, pero no va más allá (al menos ante mí, que luego por detrás, a estas alturas, me da igual).
 
A mí son los que me resultan más... complicados no es la palabra... es una mezcla de rollo de coco, no por la inspección en sí, que es como cualquier otra, sino por la falta de capacidad para hacerles ver que serán majos, guisarán rico, tendrán el local a tope y currarán mucho, pero, coño, el puntito ese de limpieza y de orden... que para mí es lo fundamental (obvio), no lo ven o no lo quieren ver.
 
Sé que mi función no es convencerlos y que tampoco puedes ir de mosca cojonera cada mes para forzarles a limpiar... porque lo tendría que hacer con los demás y no soy la madre de nadie, pero, que no, cojones, que no me vais a convencer con eso de que en un restaurante con un par de limpiezas profundas al año basta y a diario se quita lo "gordo"... y yo me quedo tiesa, con cara de lela y opto por cantar mentalmente cualquier tontería tipo "Bajaus, ya hemos llegado a Cambrils... Cambrils, Cambrils, veraneo en Cambrils, near to Salou" o "Jacinto Benavente, Jacinto Benavente", "me encuentro al quebrantahuesos y le doy dos besos y le pregunto por si hay carroña, cojo una ovejita por el pescuezo, está podrida será mi almuerzo"...
para evitar una explosión de............................... (añadid cualquier cosa pero yo me veo a mí misma como si fuera de Bloodbath en pleno concierto... la niña del exorcista no me llega a la suela del zapato)
 
Así que me he pasado media semana con cara de haba cantando mentalmente mierdolerías cachondas cuando en realidad lo que me apetecía era ponerme unas muñequeras con pinchos, pintarme las uñas y los ojos negros, clavarme unas botarracas y pegar cuatro aullidos para relajarme... como si con eso fuera a conseguir que limpiasen... qué atontada... ale, me voy que estará Berto en la radio hablando de caca-culo-pedo-pis y eso también me relaja mientras cocino.
 

jueves, 22 de marzo de 2018

La leyenda del lugar sin inspector de sanidad

Es lo que tiene, mucho sueño pero sin conseguir dormir... necesito ir a Fraggle Rock...



Uno

Despertó aterido de frío sin saber dónde se encontraba. Tenía algo frío cubriéndole  la cara y al frotársela le escoció.   Notó que todo él estaba cubierto de lo que le parecía escarcha. Percibía una  luz muy tenue a lo lejos pero al intentar caminar hacia ella se tropezó. Fue palpando lo que parecía una torre de plástico hasta encontrar un hueco por donde pasar.
                - ¿Hola? ¿Hola?- gritó al vacío. Nadie contestó. No tenía idea de dónde estaba o cómo había llegado allí. Lo último que recordaba era estar viendo un partido de futbol en un bar. Pero, ¿cuándo había sido eso? Se sentía mareado y le costaba coordinar los pensamientos.
                Oía un zumbido bastante fuerte sobre su cabeza, pero no podía ver más allá de un palmo de sus ojos. Se pegó un golpe en la frente. Tocó una especie de barra fría y fue siguiéndola con la mano hasta llegar a su unión con una columna.  Se tropezó nuevamente  con algo que hizo un ruido seco al desmoronarse. Con las manos frente a su cara para no darse otro porrazo, trató de abrirse camino hacia la luz. El zumbido se hizo de repente más fuerte y notó un viento helador sobre su cuerpo. Se dio cuenta que no llevaba abrigo y que hacía mucho frío.
                Poco a poco, paso a paso fue buscando la débil claridad. Al doblar una esquina fue capaz de distinguir unas cajas. Se acercó a ellas tratando de ver si estaban rotuladas. Consiguió leer: “Guisantes finos”.
                - ¿Dónde cojones estoy? ¿Hola? – gritó de nuevo. Pero solamente escuchó el zumbido por encima de su cabeza.
                En el siguiente montón de cajas consiguió leer “Judías planas” y en el siguiente, “Judías redondas”.
                - ¿Qué es esto? ¿Un puto supermercado?
                Le castañeaban los dientes y su cuerpo temblaba cada vez más hasta el punto de que dolía. La luz estaba casi frente a él como si fuera un faro en un acantilado. Fue resbalando hacia ella. Cayó al suelo y sus manos se llenaron de hielo.  Comprendió que estaba en una cámara de congelación. Pero, ¿dónde? Y, ¿por qué? Le costaba pensar.
                Consiguió llegar a la zona más iluminada y encontró una puerta. Apretó el interruptor de plástico de apertura y aunque se oyó un chasquido, la puerta no se abrió. Buscó alrededor por si hubiera otro interruptor o un timbre de aviso, pero lo único que encontró fue el soporte vacío para un hacha.
                Empezó a golpear la puerta con todas sus fuerzas a la vez que se desgañitaba pidiendo auxilio. Aunque hacía mucho frío, bajo el jersey notaba el sudor causado por los nervios y el continuo golpeo. Le dolían los puños y la garganta enronquecía por momentos pero siguió gritando y dándole a la puerta, ahora ya con las manos extendidas porque los nudillos se le habían abierto y la sangre se quedaba helada como una costra. Le temblaba todo el cuerpo y parecía que se le iban a saltar los dientes con tanto tembleque.
                Paró un momento para recuperar el aliento y cogió la caja más cercana que pudo levantar con facilidad. Continuó dando golpes a la puerta con la caja, que al final se rompió, cayendo por el suelo bolsas de camarones pelados. Cogió una bolsa con cada mano y siguió golpeando la puerta. Los golpes cada vez eran más y más débiles y sus gritos habían pasado a un murmullo ronco.
                Se dejó caer en el suelo, apoyado en la puerta. Siguió con los golpes pero cada vez más lentos y más torpes. Luego, cesaron. Al igual que la tiritona.
                - Eh, hola, ¿cómo tú por aquí? – le sonrío a la oscuridad al cabo de un rato de quietud. Se quedó como escuchando.- Sí, me encantaría darme un baño en la piscina.
                Torpemente se descalzó y se sacó los calcetines. Consiguió liberar un brazo del jersey, pero fue incapaz de sacar la cabeza por el cuello.
                Ya no golpeaba la puerta ni pedía auxilio. Su cuerpo ya no temblaba ni sus dientes castañeteaban. Su respiración era más tranquila y suave. Hasta parecía sonreír.
                Lo encontraron a la mañana siguiente. Un hombre escarchado rodeado de camarones pelados.
                - ¿Lo reconoce?- preguntó el guardia civil al carretillero que lo había encontrado por la mañana.
                - Me parece que es el veterinario. El de sanidad, ya sabe, el que hace inspecciones.

Dos
                Tenía los ojos tapados y las manos a la espalda. Le picaba el cuerpo y el olor amoniacal le recordaba a un corral. Consiguió levantarse e ir tanteando con las manos las paredes hasta tropezarse con algo que sonó metálico. Siguió palpando hasta encontrar una puerta baja de barrotes metálicos. Buscó el pestillo. Resultaba complicado, pero al final, consiguió encontrarlo.
                Cuando ya había conseguido descorrer el pestillo, una mano le agarró fuerte de la nuca. Chilló hasta quedar sin aliento.
                La sacaron de allí con fuerza. Le agarraron los brazos y le obligaron a avanzar.
                - Soltadme. ¿Qué queréis? Dejadme. Socorro.- Gritaba con desesperación.
                No le decían nada y sus manos se clavaban con fuerza en sus brazos. Alguien abrió una puerta. Ella volvió a gritar. En vano.
                Entraron a otro sitio. El olor era distinto. Lejía, identificó. Le sobrevino una arcada. Reconocía el sitio.
                La arrodillaron en el suelo.  No podía estar pasándole esto. No podía ser.  Tenía que ser una horrible pesadilla.
                - Soltadme- imploraba llorando, con los mocos escurriendo por la nariz hacia su boca.- Soltadme. Por favor.
                Un pie hizo presión en su espalda para que bajara la cabeza. Notó que algo se ceñía en su cabeza.
                - No, no, no – gritó hasta que su voz quedó enmudecida con el ruido de una sirena.
                Quedó distendida. Como un trapo. Con el cuello colgando. Le pasaron una cadena por un tobillo y la izaron boca abajo con una grúa. Los ojos los tenía abiertos y en blanco y alrededor de su cabeza olía un poco a chamuscado.
                La agarraron del pelo para levantarle la barbilla. Con un diestro movimiento, le atravesaron el cuello con un cuchillo puntiagudo. La sangre empezó a manar del corte de sus carótidas y yugulares. La sangre, roja y caliente caía desde las heridas cual cascada en la pila de sangrado del matadero. De repente sus ojos volvieron a la vida. Trató de coger aire pero solamente consiguió inspirar sangre, que le llenó la boca. Sus piernas y brazos empezaron a convulsionar mientras trataba de levantar la cabeza buscando aire.
                Su último pensamiento lúcido fue que el aturdimiento no servía.
                El  guardia se acercó al matarife pensando que estaba más blanco que su mono recién puesto. Estaba sentado en el peldaño de la puerta trasera del matadero boqueando como un pez fuera del agua.
                - ¿Sabes quién es?- le preguntó con voz suave ante el temor de que se le derrumbara.
                - Claro.- Le miró con lagrimones cayéndole por sus curtidas mejillas.- Es la veterinaria que viene al matadero.

Tres
                El hombre entró silbando desafinadamente como siempre. Fue al cuadro de luces y accionó los interruptores. Las luces tardaban un rato en encenderse pero, tras tantos años trabajando en la bodega, se la conocía como la palma de su mano. Tenía que hacer unas comprobaciones antes de empezar con los trasiegos.
                Durante media mañana estuvo con el bodeguero y un peón trabajando pero después, mientras los otros se iban a almorzar, como todos los días, subió por la empinada escalera metálica que llevaba a la zona de tinajas. Allí, en un rincón guardaba su pequeño vicio escondido en una cajita metálica tras un canalón.
                El suelo de la zona de tinajas estaba nuevo. Tras años de pelea con sanidad habían tenido que sanear la zona y habían terminado con una capa de epoxi de color rojo. Las bocas de las tinajas se veían abiertas y oscuras con la poca luz que entraba por los cristales plomados de una gran cristalera que caracterizaba a la bodega. Ahora mismo no tenían ninguna ocupada pero en un par de meses estarían casi todas llenas. Fue hacia su rincón pero a medio camino, junto a una de las tinajas se encontró un par de botas. Eran de hombre y parecían buenas. Las cogió. La suela de goma apenas estaba desgastada y era cuero bueno, lustroso y flexible. Se fijó que ponía un 9.5 y lo primero que le vino a la cabeza fue la duda de a qué número de pie se correspondería esa referencia. Pero, ¿qué hacían allí esas botas?
                Cogió el móvil y buscó en el menú la aplicación de linterna. El flash se encendió. Hizo un barrido alrededor suyo por si encontraba algo. Nada. Entonces, acercó la luz a la tinaja. Se agachó para que la luz penetrase más y poder ver el interior. ¿Había algo al fondo? No podía ver bien, pero se le erizó el vello y se acojonó.
                Bajó la escalera a toda prisa y siguió sin parar hasta llegar al patio ajardinado. El sol le calmó un poco. Esperó paseando a que llegasen los otros dos del almuerzo y les contó lo de los zapatos. Los otros fueron a mirar.
                A los cinco minutos salieron al patio con el enólogo. Estaban pálidos.
                - ¿Qué pasa?- les preguntó nervioso.
                - Llama a la Guardia Civil. Hay un muerto dentro- le contestó el bodeguero antes de darse la vuelta y vomitar en el suelo.
                - ¿Quién es? ¿Lo sabéis?- agarró por los brazos al peón.
                - Sí… el tipo ese de las gafas que viene a la bodega. El de Sanidad.
                El enólogo no pudo ni darse la vuelta. Vomitó a los pies del otro.
                Unas horas más tarde, cuando ya habían sacado una camilla con el cuerpo de la bodega, uno de los guardias se acercó al enólogo con una bolsa de plástico en la mano.
                - ¿Sabes de quién puede ser esto?- le preguntó enseñándole la bolsa transparente. Dentro se encontraba su preciada caja metálica. Su secreto.
                Se encogió de hombros con cara de derrotado.
                - Mío.- Contestó.
                El guardia lo miró como se fuera el ser más despreciable del planeta.

Cuatro
                El alguacil estaba que trinaba. Ahora tendría que acercarse hasta el abastecimiento de agua porque la auxiliar del ayuntamiento le decía que no había cloro en el agua del pueblo. Puñetero cloro. Si esa agua se llevaba bebiendo desde hacía mil años y nunca había dado problemas. Pero no, ahora, había que desinfectarla. Y la niñata pesada esa del ayuntamiento no tenía otra cosa mejor que hacer a primera hora de cada mañana que mirar el puñetero cloro dichoso.
                - Que, ¿qué va a ser? ¿Qué va a ser?- la imitaba en voz alta mientras llegaba con el viejo todo terreno al depósito a las afueras del pueblo.- Pues tonta, qué va a ser… que se habrá gastado la puta garrafa.
                Abrió la puerta con su juego de llaves y entró en la caseta. El clorador hacía su ruido habitual, contando los pasos para lanzar la dosis de desinfectante. Soltó un puntapié a la garrafa. Tenía cloro.
                Y, ahora qué, pensó. Seguro que si volvía al ayuntamiento y decía que estaba todo bien, la petarda esa iría con el cuento al secretario. Menudos dos odiosos. Le iban a joder el día.
                - Puta mierda- gritó con fuerza. Se agarró a los asideros del depósito para subir hasta arriba. Se asomó. El depósito estaba a más de la mitad, pero no se fijó en eso. Casi se cae hacia atrás al tratar de bajar lo más rápido posible.
                Salió de la caseta como alma que lleva el diablo buscando cobertura para su móvil.
                - Ayuntamiento, buenos días- le contestó la auxiliar.
                - Soy yo, soy yo… Avisa que no se beba agua. Que no se beba.
                - ¿Qué? Pero, ¿qué pasa?
                - Llama a la Guardia Civil. Está en el agua… en el agua…- notó una opresión en el pecho que le impedía respirar.
                Media hora más tarde cuando llegó el secretario del ayuntamiento junto con la benemérita se encontraron al alguacil  sentado en el suelo jadeando.
                - ¿Saben quién es?- le preguntó más tarde la secretaria judicial cuando sacaban el cuerpo del agua.
                - Sí, la chiquita esta que venía a la piscina… de Sanidad. Ahora no recuerdo su nombre.- Contestó en un murmullo.
                - Denle un poco de agua a este hombre y llévenlo al centro de salud. Tiene una crisis de ansiedad.
                - No. Agua no.

Cinco
                - Entonces, ¿ya te queda claro?- le dijo la voz. Grave, amenazante, contundente.
                - Sí- lloraba la otra atada a la silla.- Sí.
                La luz era tan intensa que hasta con los ojos cerrados le molestaba. Incluso creía notar su calor en la cara. Lagrimones le caían por sus mejillas y no paraba de hipar y sorberse los mocos.
                - ¿En serio?- El golpe fue tan rápido que la silla se puso sobre dos patas para caer de nuevo.
                - Sí, sí, sí…
                - Muy bien. Pues dilo.- Y marcándole un número en el teléfono se lo acercó.
                - Ha llamado a la Dirección Provincial de Sanidad. Si conoce la extensión, márquela. En caso contrario, le atenderos en breves momentos.- Y comenzó a sonar una versión acústica del “Yellow Submarine”.- Buenos días.
                - Hola. ¿Me puedes pasar con personal?
                - Personal. Dígame.
                - Hola. Soy María. Me llamasteis ayer para hacer una interinidad en…
                - Ah, sí María. ¿Qué ocurre?
                - Renuncio a la plaza. Lo siento, pero tengo que renunciar.- El hombre apagó la comunicación.
                - ¿Qué pasa Pilar?- Le preguntó su compañero de la sección de personal.
                - Lo de siempre. Otra renuncia.
                - ¿Te ha dado alguna explicación?
                - No. Lloraba como los últimos cuatro o cinco y ha colgado rápidamente.
                - Pues no queda nadie en la lista.
                - Ya. La Consejería dijo que trataría el tema para que se hiciera cargo Tragsa.
                - Pues vale.- Se encogió de hombros-  ¿Salimos a desayunar?
               
Epílogo
                - Quiero hacer un brindis- dijo el hombre levantándose con la copa en la mano. Todos se levantaron con un pequeño estruendo de sillas al arrastrar las patas por el suelo de piedra. Las copas en lo alto brillaban doradas y preciosas a la luz de las majestuosas lámparas del fantástico comedor del antiguo palacio.
                - Por nosotros. Por nuestra vida y nuestro negocio. Por lo nuestro. Por nosotros.
                - Por nosotros- exclamaron al unísono las casi veinte personas que estaban alrededor de la mesa.
                - Muchachos, rellenad las copas- le espetó el maître a los camareros, que presurosos atendieron la tarea, para luego volverse a apartar a un rincón del comedor.
                - Todavía no entiendo lo que celebran- comentó el camarero novato a su compañero.
                - Que nos mantienen libres de los inspectores de sanidad- le contestó el otro.

                - Y por eso, hijo mío, en Tortilluela de los Alcornoques, nunca, jamás, habrá  un inspector de sanidad.- Lo arropó con cariño y le dio un beso en la frente.- Y ahora, a dormir. Buenas noches.
                - Buenas noches papi.

domingo, 11 de marzo de 2018

Una persona... simplemente

El otro día, entre otras cosas, me preguntaba un periodista si me había encontrado problemas en el trabajo por ser mujer, si me había sentido amenazada, minusvalorada, acojonada... por ser mujer en mi trabajo.

En estas cuestiones, mis respuestas parecen extrañamente simples: No, no he tenido problemas por ser mujer. Ser mujer no es el problema. El problema es la falta de cultura y la torpeza mental de algunas personas. (Personas, indistintamente del sexo que las defina física y/o mentalmente). 

Soy una mujer afortunada para algunas personas, una petarda para otras muchas, una cabrona para unos cuantos y una pedorra para mis hermanas... y para mí, soy una persona, una persona normal y corriente. Nunca he tenido problemas para hacer o estudiar lo que he querido... hice ballet como después me he aficionado al rugby, odio el barroco y le estoy cogiendo un gusto tardío a Satyricon (nunca es tarde para la música... pero anda que no tengo cosas por escuchar). Igual que La Rubia, no sufro brecha salarial, no peligra mi puesto de trabajo por quedarme embarazada ni tendré problemas para pedir permisos no remunerados para cuidar a mi prole o a mis padres cuando lo necesite... Y lo más importante, NO ME AYUDAN EN CASA.

Y sí, en mayúsculas... NO ME AYUDAN... Ni yo ayudo... Me revienta cuando dicen: Es que te ayudan en casa... ¿Cómo que me ayudan? ¿A mí?

¿No vivimos en la misma casa? ¿No tenemos horarios similares de trabajo? ¿No tenemos, por ahora, dos manos y dos piernas? ¿Hay que tener una formación femenina específica para poner una lavadora y tender la ropa y una formación masculina específica para usar el taladro? ¿Es mi obligación saber hacer una paella y su obligación cambiar un enchufe? ¿Dónde está escrito? Y si tengo un día vago o estoy cansada o me encuentro mal, ¿tengo que fregar el suelo yo? ¿Por qué? 

Al cabo del año creo que plancho una docena de camisetas, alguna camisa y algún pantalón... y ya no recuerdo cuándo limpié un lavabo. Esta semana tendí una de las dos coladas que cargué en la lavadora, saqué un par de veces el plástico al reciclaje y hace dos miré la presión a los neumáticos y el nivel de aceite de mi coche. La última vez que hice la cama fue cuando La Rubia se fue a Murcia de examen y esta semana quiero limpiar el polvo de los libros (llevo mentalizándome semanas pero es uno de los trabajos más inútiles del mundo) y cuando cese el diluvio limpiaré cristales, sin prisa, porque me la pela que tengan marcas de gotas...  En un rato me pondré con la comida porque quiero ver el baloncesto y mientras estoy escribiendo escuchando metal a saco, La Rubia está planchando viendo capítulos viejunos de Star Trek... y a ver si me acuerdo de regar al troll ese del rincón que está de nuevo loco sacando hojas (odio la puñetera planta, y qué aguante tiene la jodía)

En serio, ¿me ayudan? 
Pues eso... sin más... que mientras sigamos pensando en hombres, mujeres y redundantes, vamos mal... ¿tan complicado es pensar en y como personas y actuar como tales? Debe ser... Si al final La Rubia tendrá razón en eso de que vivimos en otra dimensión (que se cierra al abrir la puerta de casa y salir) 

jueves, 1 de marzo de 2018

Me confieso...

Será que estoy malucha, con fiebre y tiritona, que me duele la cabeza, el cuello, la garganta y que hoy estoy simplemente cabreada, asqueada y un poco hasta más allá de la coronilla...
 
Confieso que me cabrea mucho la frasecita que me gritan varias veces al día desde otros despachos: ¿estás ocupada? No, me estoy comiendo los mocos, me apetece contestar (como opción más fina)... pues ven a ver si estoy ocupada o llámame al teléfono, pero no me grites, que esto parece una casa de locos gritones (alucina mamá... pero nuestra adolescencia fue más silenciosa que cualquier mañana en el despacho). Y tanto responda sí como no, me insisten para que deje lo que estoy haciendo y me levante  para una mierda de cosa que no tiene nada que ver con el trabajo y ni es una urgencia (un puto video del WhatsApp por ejemplo, o la prueba de un maquillaje o un cotilleo de alguien que ni conozco)... confieso ser la tonta que cae todos los días y se levanta y sale del despacho para volver resoplando... y si cierras la puerta porque estás tratando de hacer un informe mientras se está de tertulia, te la abren para preguntar ¿te pasa algo? ¿por qué te cierras?... venga, va... será que con la edad necesito más concentración y que no soporto los gritos y alaridos fuera de los grupos metaleros y de las pelis de terror.
 
Confieso que soy una jefecilla de mierda... me cabrea tener que pedir las cosas varias veces para que se hagan; si las he dicho una vez, ¿no vale? Algunos me dicen que delego poco, que quiero las cosas con rapidez, que soy demasiado directa en mis opiniones... Somos adultos y no niños de la LOMCE... me cabrea tener que repetir y repetir a alguien que haga una cosa... ¿Te lo he dicho una vez? Pues no insisto, puñetas... y si es que se te olvida, apúntala, anótala, tatúatela, ponte un nudo... pero venga, a estas alturas de la vida... ¿Y cuando alguno te dice que es que ni siquiera ha abierto el mail o no ha abierto la carta porque pensaba que no era cosa suya? Hombre, puedo confundirme en enviar un mail o un carta pero raro es si te lo mando expresamente... ¿no tienes ni un segundo para abrirlo?  Y luego, que soy muy estricta y una intransigente... ¿Por qué no quiero que se me acumule la faena? Pues bien, vale... confieso ser una intransigente jefecilla de mierda...  ¿Te ofende? ¿El qué? Si es trabajo, nada personal... es que no me veo en el plan de "ruego por favor, que me perdones pero te insisto en que abras el correo electrónico para que leas el mensaje que te envié el mes pasado, hace quince días, la semana pasada y ayer... y que necesitaba que me contestases hace tres semanas... perdona por la insistencia (páncreas mío)"...

Confieso que me toca mucho las narices que cuando alguien viene a preguntar o consultar algo, según quién lo reciba, directamente me lo pasen a mi despacho o lo larguen para que vuelva cuando esté yo... ¿qué pasa? ¿no puedes atenderle? Es igual que lo de no coger el teléfono, no acercase al fax  (esa máquina todavía existente), no coger las cartas del cajetín de correos, ni poner el rollo de papel cuando se gasta, ni cargar de papel la impresora, ni avisar de que se ha atascado ni hacer amagos de solucionarlo, ni saber nunca qué se tiene que llevar el conductor por más que en la nevera allá un cartelón con la recogida de muestras pendiente, ni querer saber nada que se salga de su mycombo.

Confieso que alguna vez, o muchas, dependiendo del mal humor de mierda que tenga, me dan ganas de ser una tremenda hija de puta y cronometrar el tiempo de cigarrito diario de algunos... no sé, traer mi libro y salir a la par... estoy convencida de que me daría tiempo a leer media novela o más al día... porque si me compro un paquete de pipas, lo acabo y siguen de cigarrito... y ya la leche es cuando alegremente comentan  que se van a dar un paseo para estirar las piernas... coño, vete de inspección y estira las piernas cocina arriba, almacén abajo... y luego te dicen que tienen mucho trabajo y que no les da tiempo a sacar la faena del mes... y en mi cabeza estallan los chillidos que no salen por mi boca calculando que de cada hora, veinticinco minutos son para el cigarrito... ¿te quedan pulmones? En serio, ¿no eres consciente del problemón que tienes?

Confieso que me jode que me llamen a mi móvil personal para asuntos de trabajo, ¿para qué llevo siempre encima el móvil del trabajo? (Sería casi siempre, porque cuando voy al baño, a veces no lo llevo encima... y sí, justo en esas ocasiones lo oyes a lo lejos mientras estás a mitad del pis).  Habitualmente durante la jornada, mi teléfono privado se queda en el maletero del coche, o en el despacho o si suena en mitad de una inspección, no lo voy a coger nunca... ni miro los mensajes del WhatsApp cada vez que llega uno... si a veces al salir hacia casa me encuentro más de 300 mensajes de los dichosos grupos, ¿cómo voy a reparar que en uno de ellos hay una foto para que revisara el etiquetado y te contestase al momento? De igual modo, ¿para qué tienes un móvil del trabajo si siempre está apagado? No te voy a llamar a tu teléfono personal para cuestiones de trabajo... ¿no te parece?

Pues eso, que hoy estoy de confesiones de mala bicha porculera... Y sí, estas cosas las he comentado en el trabajo... y algunos han puesto caras raras, pero sigo siendo la tonta que se levanta cuando le gritan el ¿estás ocupada? y la estúpida que ha desatascado la impresora todos los días de esta semana... me voy con mi manta y mi ibuprofeno a ver si mañana mejora mi humor mierdero.

viernes, 9 de febrero de 2018

Y a mí, plin...

Una de las cosas que más me flipa de este trabajo es cuando le estás señalando a un gerente/representante /técnico/titular/....póngase cargo.../ una deficiencia como un cúmulo de mierda de varios centímetros de altura o de longitud (real de esta semana) y el susodicho ser viviente que me acompaña diga que no ve nada, que no detecta esa deficiencia o que simplemente carece de importancia...
 
Por mi cabeza,  de forma simultánea, susurra la voz de mi yaya con eso de "para ti la perra gorda" mezclada con la voz hiperaguda de mi tía Pili y su "espera pollo que aún no te pelan" y me aparece la imagen de la cara de mi hermana Mery con su cara de asco supino elevada a la enésima potencia que me pone cuando le digo cualquier cosa que a su juicio es una imbecilidad que no merece la pena ni contestar... es una cara que parece que te abofetea.
 
Suelo insistir, volver a indicarlo, señalarlo, decirlo, una y dos y hasta tres veces, pero cuando siguen en su negación absoluta, paso de discutir, ni de gastar más saliva... mantengo mi mejor de las composturas, sonrío delicadamente y con un gesto sencillo, suave y natural, cojo mi boli y describo lo más pomenorizada, objetiva y detalladamente el cúmulo de mierda, al estilo:
 
En la parte trasera del estante tercero contando desde arriba, frente a la entrada de la cámara número 1, se detecta, tras el recipiente que contiene muslos y contramuslos de pollo en contacto con lo que parece el líquido de fusión generado en el proceso de descongelación, una acumulación de lo que parece materia orgánica con coloración marronácea con zonas amarillentas y anaranjadas, de textura compacta al tacto, pero que no se desprende de la superficie con facilidad....
 
En el suelo, bajo la zona de plancha se aprecia la formación de una masa de unos diez centímetros de altura compuesta por restos marronáceos, amarillentos e incluso negros y en la pared de azulejo blanco, los baldosines presentan regueros amarillentos y marrones que abarcan desde la zona superior de la plancha hasta llegar a contactar con la masa descrita anteriormente.
 
Entre los módulos de los armarios refrigerados sotabancos se aprecia en el pequeño espacio que dejan sus superficies, la presencia de restos de distintas coloraciones y aspecto reseco que al pasar la punta de un bolígrafo se desprenden y saltan dejando a la vista que dichos restos continúan a lo largo del lateral de armarios colindantes.... llegado el caso, si se pueden mover, les pido que lo hagan, pero a veces, les pido un cuchillo y voy sacando la mierda.
 
Si a mi supuesto interlocutor se la pela, se la suda, se la refanfinfla, le importa un bledo, un pepino, una mierda, un comino, se la bufa, se la trae floja, se la trae al pairo, se la trae sin cuidado, se la pela, le importa un pimiento, está en su derecho...
 
Y del mismo modo, aunque me la pela, me la suda, me la refanfinfla, me importa un bledo, un pepino, una mierda, un comino, me la bufa, me la trae floja, me la trae al pairo, me trae sin cuidado, me la pela, y me importa una mierda, lo miro falsamente preocupada y le recomiendo que se revise la vista.
 
Y sí, Marina, a pesar de esto, me gusta mi trabajo.
 

domingo, 21 de enero de 2018

Tapa de taper

Primera entrada del año... casi acabando el mes... No he tenido sensación de comenzar año. Poco a poco se va diluyendo el tiempo, el paso cambiado de las estaciones que dice la canción... me da igual empezar o terminar, ir arriba o bajar... sé que pasa el tiempo porque me he encontrado una cana nueva o porque me han caducado las cocacolas en la nevera (me gustan, pero como no abro la nevera, se me olvidan que están...). También sé que pasa el tiempo por el estado de los calcetines... algunos están nuevos, pero no hay manera de encontrar a su pareja (que me expliquen dónde van si no están en el filtro de la lavadora... debe haber algún lugar extraño y misterioso donde tienen su lugar de reunión... van en peregrinación y allí se quedan).

El misterio de los calcetines desparejados... creo que ya comenté esto hace cienes y cienes de entradas... pero, ¿el misterio de las tapas de taper? Tengo hasta cancioncilla... tapas de taper, tapas de taper, tapas de taper, taper, taper, tapas de tapeeer... tienes el recipiente, abres el armario, se te caen media docena de tapers a la cabeza, tratas de ordenar el armario, te faltan tapas, te sobran tapers... guardas tapas que no encuentras el taper, tienes taper sin tapas, tienes taper que llevas a casa de tu madre y dice que no es suyo, pues a casa de la suegra, que dice que tampoco... si tampoco es de la vecina, ¿cómo llegaron a tu casa? Luego están los tapers repetidos, de esos que van en tríos del Ikea... y vas y usas todos... oh, no, que te falta una tapa de taper, tapa de taper, tapa de taper, taper, taper, tapa de taper ah, tapa de taper eh...

Otros misterios insondables de mi vida, además del misterio del abre-fácil que ya tuvo su propia entrada, serían:
- La maldad de los mandos a distancia... a mí no  me van, a La Rubia le hacen caso... trato de escoger en el menú la serie que estoy viendo y el puñetero mando me dice que no baja y todo el rato para atrás... apunto al chisme, pero se ríe en mi cara... coge el mando La Rubia, no estira ni el brazo y el puñetero cursor le hace caso... idos a la porra, veros a la porra, a hacer puñetas...

- La inutilidad de la sierreta del film transparente... ¿de verdad a alguien le resulta práctica? Sacas el film con cuidado, si lo cortas lento se arrastra todo y se queda todo el film apegotonado y no hay manera de usarlo... si tratas de hacer un movimiento rápido y armonioso, no se corta o se queda enganchado y se estira y al final tienes un trazo de vuelta y media en el tubo y un cacho cortado... si lo haces con tijeras, se pegan a las tijeras y si lo haces con la mano... pues dependerá... si quieres un trozo largo, te saldrá corto, si lo quieres pequeño, te llevarás metro y medio, además retorcido que no podrás despegar y tendrás que volver a cortar...

- ¿Por qué siempre se me gasta a mí el papel higiénico? Vale, tengo muchas probabilidades al ser dos en casa, pero voy a casa de mis padres y siempre me pasa... ¿es que soy una gran cagona?

- Si uso el random para escuchar música y no siempre cargo los mismos álbumes ni los mismos grupos, ¿por qué siempre sale la canción que menos me gusta? La que menos me gusta, que para colmo suele ser la más larga o la versión pobretona de una buena canción...

- Si mi vida es casi asocial y contemplativa, ¿por qué todo el mundo decide acordarse de mí cuando estoy en la ducha o cuando estoy en lo mejor del capítulo del libro o en el momento más emocionante de la serie o del partido? Suena el teléfono fijo, el timbre de la puerta, la lavadora termina, hay que quitar las aspas a la panificadora, suena el móvil y te guasapean a la vez con preguntas que requieren inmediata respuesta... ¿no habéis tenido tiempo para organizaros o qué?  Es que sabéis que estoy tranquila repantingada en el sofá o que he decidido tras mil años usar esa mascarilla de pelo que alguien me animó a comprar o el exfoliante ese que ya casi va a enranciarse...

- Y la última de esta selección... si comes mandarinas, ¿por qué la segunda está asquerosa? Ya sé la solución, probar las dos antes de comerlas, pero cuando lo hago, las dos son asquerosas... ya, comeré solamente una... pero en cuanto descubran esta táctica seguro que me saldrán esas mandarinas que saben a medicamento, puaggggghhh

Pues eso, que me voy a tender, que se me junta la final de baloncesto de chicas con la lavadora... y sí, no he conseguido emparejar siete calcetines, ni haciéndome la loca intentando convencerles de que el color es parecido... nada, que no...
 

viernes, 29 de diciembre de 2017

Balanceando

No tengo claro si hacer una lista de deseos para el 2018 o hacer balance del año que está a puntito de acabar... creo que va a ser un mix... y le voy a poner música... empiezo por una versión... quiero hacer una lista de canciones para cuando me muera (por favor, misa no... unas cervecicas con algo de música y capuzáis mis cenizas donde sea... me van bien los Monegros, el Moncayo, incluso en el Huerva en el Puente de los Gitanos) 

El 2017 en líneas generales ha sido una mierda... como diría el patriarca de Modern Family revisando el correo (una mierda, otra mierda, una mierda pinchada en un palo...). No ha habido día en que no me haya acordado de mi primo y su familia. No ha habido semana en que no me haya echado un lloro... ha sido un año de lágrima fácil... He seguido sintiendo al perro por la casa y algunas veces hasta he notado que venía a despertarme... con el consiguiente choff mañanero. He estado migrañosa, con osteocondritis, sinusitis... es lo que tiene estar blandita y baja de ánimo.
He leído menos que otros años, con este finde supongo que llegaré a terminar la novela 73... En la lista de libros de este año tengo un único 8 y he abandonado tres libros por infumables (que no cuentan en el listado). He escuchado menos música (es lo que tiene no pasear cientos de horas con perro) pero he escuchado "nuevos" grupos.
He cocinado algo más que otros años y he probado nuevas recetas... algunas con más acierto que otras, aunque la repostería, salvo la tarta de manzana, es cosa ahora de La Rubia, que hace la receta de magdalenas del Comidista y le salen de vicio.

Fuimos de conciertos, desde Amon Amarth al concierto tradicional de Las Novias, pasando por los geniales Moonspell (para el 2018 ya tenemos entradas con los Cradle... jo, a esos los vimos en el 98... ay, de aquí a ser como el abuelo Simpson va un paso... cualquier día inventaré el plátano).
Hemos cerveceado algo... en terracitas, en pubs, en casa... e incluso en Oporto... qué bien montada!!!

A finales de año me ha dado por hacer crochet... vamos, el ganchillo de toda la vida... ay, si me viera mi yaya... me estaría deshaciendo la labor todo el rato... Pero bueno, alguien se va a llevar un regalo hecho por estas manitas y sin tricotosa... y si hace apaño bien y sino, pues se le endosa a alguien y listo... 
Este año me he clavado decenas de horas de partidos de tenis y de baloncesto, he visto series y alguna peli en Netflix y en Amazon (y alguna otra piratuja)... con Bosch, he vuelto a leer algo de Connelly (que me guste el jazz lo veo complicado), por fin acabé Banshee (pero la empecé entera de nuevo), me horripila Miranda, Alonso de Entrerríos es un puntazo, me he enganchado a Los 100 cual adolescente, me ha encantado ver comer al de Samurai Gourmet, es genial Janet en The Good Place (la serie mejora al final de la primera temporada, en serio)... American Vandal, The Defenders, Glow... la lentitud y parsimonia de Goodless, no sé si me gusta o no Jude Law pero menudo Papa está hecho, me partí con la P del Apartamento 23... y soy fan de Sense 8 (quiero más)... uf, y las que tengo a medias... si no sé qué ponen en la tele más allá del canal del Big Bang que ahora es canal Friends (qué mal ha envejecido esa serie), así que viva Teledeporte (que está promocionando mucho el rugby, cosa que me mola) y tras comer, un capítulo de una comedia corta de lo que sea antes de ponerse a hacer cosas...

Mi ¿única? obra buena del año fue recoger a la perra vagando por un área de servicio y que le buscaran una buena casa donde ser feliz... jo... pues menudo balance... serie adicta, magdaleno adicta... y Rubia adicta, que sigue siendo mi mejor medicina

Y ¿2018?
Tocaremos madera para no tener que despedir a nadie antes de tiempo... a partir de los 90 es buena edad, pero no antes (es una orden).
¿Será el año en que salga de Mordor? A lo mejor, quién sabe, quizás, maybe, perhaps... Ganas no me faltan y ya es casi cuestión de necesidad (mental sobretodo)

Me despido con un poco de caña tras tanta "blanditura"... nos vemos en 2018 (seré esa que va con libro hasta a los conciertos con su chico desgreñado vestidos de negro)... Larga vida y prosperidad